Uniendo a los pueblos del mundo

Ha llegado la hora en la que debemos
manifestarnos de a millones no contra esto
o aquello, sino más bien por quiénes somos

* * *

En esta época de convulsión económica puede ser difícil percibir por uno mismo cómo el principio del compartir es una solución a los problemas del mundo, y esto es especialmente cierto para muchos intelectuales. Hay bibliotecas de libros e informes que analizan qué anda mal en la sociedad, la mayoría intentando alcanzar lo imposible: proponer a los gobiernos ideas nuevas y políticas alternativas. Un gobierno que representa y mantiene la desastrosa comercialización de nuestras estructuras políticas, económicas y sociales.

Cuanto más intelectual y exhaustivo es nuestro análisis, más quedamos enredados en un interminable examen de la comercialización y sus penosos efectos. Descubrimos que esta red de complejidad no tiene fin. Sin embargo no hay nada teórico o académico en la familia que no tiene para comer, que no puede permitirse ver a un médico, que en algunos países no tiene siquiera derechos para debatir o protestar. Cuanto más escribimos e intelectualizamos, más criticamos e impugnamos, más irresoluble se vuelven las muchas crisis del mundo. Pero si más análisis no es la respuesta, si ningún libro tiene la solución, ¿qué debe hacer?

No podemos crear un mundo mejor librando una guerra contra las fuerzas de la comercialización, o intentando luchar contra los poderes que mantienen al actual sistema financiero. Ya hemos ido demasiado lejos dentro de una sociedad conducida por desenfrenadas fuerzas del mercado, y las crisis interrelacionadas de nuestra civilización no dejan tiempo para reformas graduales. Los relativamente pocos individuos y grupos que hacen un trabajo enorme para confrontar estos asuntos sistémicos están hoy peleando una guerra perdida, en tanto y en cuanto no se les sumen un vasto número de personas comunes. Tampoco las pequeñas comunidades disidentes serán alguna vez lo suficientemente fuertes para revertir la actual trayectoria hacia la catástrofe global; la concentración de riqueza y poder económico en manos de unos pocos se ha vuelto demasiado extrema para permitir un cambio de rumbo radical.

La única solución que queda es unir en todo el mundo a las personas de buena voluntad, que es nuestra última esperanza de transformación a una escala planetaria. Porque tan pronto como las personas se reúnan en una oleada global de protesta pacífica, el principio del compartir se manifestará natural y automáticamente. Sin este factor vital perdido en los asuntos globales contemporáneos no hay salida del impasse crítico que la humanidad enfrenta en los años por venir.

Compartir es inherente a cada persona e integral a quienes somos como seres humanos, mientras que los valores orientados a la ganancia del comercio no son parte de nuestra innata naturaleza espiritual. La persecución individualista de riqueza y poder resulta de nuestro condicionamiento desde la infancia, nutrido a través de nuestras erróneas educación y adoración del éxito y los logros. Pero no pueden condicionar a alguien a cooperar y compartir, sólo pueden recordarles quiénes son. Es como el cachorro de galgo que instintivamente corre – no se le tiene que enseñar eso porque está en sus genes, se comportará exactamente igual que sus padres. Del mismo modo la humanidad tiene en sus genes el compartir; no una predisposición inherente hacia el autointerés y la competencia.

La avaricia y la indiferencia que definen nuestras sociedades han sido implantadas y condicionadas dentro nuestro, generación tras generación. Antes de que un niño vaya a la escuela, empero, expresa el amor y el compartir naturalmente en su personalidad. Es por esto que tenemos que unir a las personas de buena voluntad en todo el mundo a fin de cambiar la sociedad por el bien de todos, porque entonces nos reconoceremos los  unos a los otros e instintivamente recordaremos quiénes somos. Las fuerzas de la comercialización nunca pueden prevalecer o aniquilar por completo el compartir a menos que destruyan toda la humanidad, porque el compartir siempre permanecerá en nuestro ADN.

La única solución, la bala de plata, es el maravilloso poder de las personas unidas. Muchos recientes levantamientos populares nos han dado una visión del notable potencial de la buena voluntad masiva, pero incluso tales movimientos han representado sólo una pequeña fracción de la población mundial. Mucho, mucho más de la humanidad tiene que reunirse sin trazos de “ismos”, sin liderazgo de partido político, y con los jóvenes marcando el camino. Todas las manifestaciones que hemos visto no fueron suficientes: vemos cientos y cientos de millones de personas en las calles de todo el mundo, como un acampe (del movimiento) “Occupy” que continúa día tras día – que puede y debe ser logrado con la mayor urgencia posible.

Así como al político no le gusta cuando la gente se manifiesta porque entonces se ven amenazados de perder su poder y privilegios, a la comercialización no le gusta cuando las personas alrededor del mundo se unen. Sabe que cuando el poder del pueblo se vuelva planetario, las estructuras mismas que mantienen su control sobre la sociedad comenzarán a temblar. Y dado que la comercialización está estructurada por leyes y políticas, a medida que gradualmente emerge una nueva sociedad tendrán que ser transformados innumerables acuerdos económicos. Con el tiempo la entera organización de la economía global tendrá que ser re-imaginada y simplificada, hasta que la comercialización finalmente abdique su reinado sobre la conciencia de la humanidad.

Una humanidad

Ninguna otra solución funcionará hasta que las personas de buena voluntad de todo el mundo se levanten al unísono. Cuando millones y millones de personas se reúnen en protesta de nación a nación, hay un apercibimiento de inconsciente a consciente de que somos una humanidad. Entonces el principio del compartir comenzará a ser manifestado y expresado globalmente, en sus muchas y variadas maneras. Podemos ver entonces que todas las diferencias percibidas entre las personas son tan inútiles, tan innecesarias. Y podemos ver entonces lo que significa compartir en acción; que no necesitamos esto, no necesitamos aquello, tan sólo necesitamos y Yo. Personas unidas. Y eso trae alegría, una enorme alegría.

Antes de mucho puede que veamos también cómo el compartir es como un Prozac para la depresión mundial, porque en todos hay un bien, una bondad que muchas veces no es expresada. Cuando comenzamos a expresar esa buena voluntad uno al otro, nos sentimos mejor. Nos sentimos dignificados. Nos da fuerza, y nos da visión. Y eso es exactamente lo que estamos comenzando a experienciar ahora, en medio de la muerte y el renacimiento de la sociedad moderna. Porque la muerte de una sociedad ocurre cuando la misma es dividida, cuando su gente se vuelve menos y menos alegre, libre y creativa.

Millones de personas alrededor del mundo están clamando conscientemente por justicia, pero lo que en realidad estamos viendo en todas estas manifestaciones es un llamado  inconsciente a compartir. La razón por la que no reconocemos esto en masse es debido a  las muchas divisiones causadas a la sociedad mediante la comercialización y la política de facciones, fomentando a través de las ideologías y creencias tanto conflicto como complacencia. Aquellos que son conmovidos por las desigualdades en la sociedad están casi compelidos a entrar en una batalla contra el sistema, en una lucha por justicia. Pero si pudiéramos ver que sólo el compartir puede traer esa justicia la perseguiríamos de un modo diferente, a través de un llamado a compartir unificado a lo largo del mundo.

Cuando el corazón es abierto con amor, sólo puede siempre llamar a compartir. El corazón nunca irá “contra” el sistema, sólo el contenido de la mente puede embarcarse en tal lucha por la justicia en nuestras sociedades. Los millones de personas que claman por justicia “contra” el sistema lo están haciendo por un mundo mejor según su madurez, sinceridad e inteligencia. Se requiere madurez para protestar por cambios al sistema, porque cuando son maduros son responsables. Y cuando son responsables respecto de los muchos problemas dentro de nuestras sociedades, nos les queda entonces otra opción que luchar por la justicia, porque la comercialización ha estructurado a la injusticia dentro del sistema de un modo tan arquitectónico. Pero cuando el corazón y el amor vengan con esa madurez e inteligencia, entonces el clamor por justicia dará vuelta la moneda y se volverá compartir.

Estamos tan condicionados por el sistema y sus ideologías que perdemos, por tan solo una fracción, de esta comprensión experiencial del compartir como medio de lograr la justicia. De hecho lo que estamos viendo en tantas manifestaciones masivas en el mundo es la vibración de la presencia del compartir dentro del corazón humano, al punto que se está volviendo más palpable que nunca. La revolución en plaza Tahrir a comienzos del 2011, por ejemplo, expresó bellamente la vibración del compartir como principio divino entre miles de personas con distintos trasfondos y creencias. Fue una bella visión porque el compartir, representado por el poder de la gente ordinaria reuniéndose sin ismos o ideologías, siempre traerá belleza y alegría.

Pero ¿que le sucederá hoy al activista que intuitivamente percibe la simple verdad de que compartir es el medio par excellence para lograr la justicia y para asegurar la continuidad de la justicia a perpetuidad? Desafortunadamente, hemos sido tan hipnotizados por la necesidad de justicia en nuestras sociedades que el que está en la calle y pide compartir es un individuo muy solitario. En medio del clamor ensordecedor en cada país por la responsabilidad y la justicia, ¿cómo podría alguien explicar la visión general de lo que ha sentido y comprendido? Es el equivalente a decir que han visto un platillo volador. Continúen hablando de una revelación así y estén seguros de que al final serán llevados al médico.

Un brote mundial de compasión

El principio del compartir puede ser sustentado gradualmente en nuestras sociedades sólo a través de un brote mundial de compasión sobre la base de la justicia, y de ahí que sea de fundamental importancia que se eleve la voz unida del pueblo. Sólo mediante la compasión, la libertad, el sentido común y la visión las personas del mundo pueden unirse con una sola voz, apuntando a la misma dirección sin facciones diferenciadas yendo a izquierda o derecha. El comunismo y el socialismo intentaron unificar a las personas sobre la base del compartir, pero ambas ideologías fallaron en la práctica al infringir el libre albedrío humano. ¿Cómo puede el principio del compartir triunfar solo, sin ideologías políticas que nos quiten nuestra libertad? Sólo a través de un brote mundial de compasión, como una corriente de agua desde el mar que está contenida detrás de un muro, hasta que finalmente el agua se abre paso.

¿Y qué significará este desborde de compasión, en términos prácticos y sobre la base del compartir? Significará el principio del fin del hambre. Significará que el llamado de la gente para acabar con el hambre sea tan urgente, tan envolvente, que nunca más se permitirá que exista la muerte por inanición en esta tierra. Significará que un gran barco ponga rumbo a nuevos horizontes, en donde los pobres viajarán en primera clase. Inicialmente no todos subirán, ya que sin dudas siempre estarán aquellos que elijan permanecer hijos de la comercialización. Pero cuando millones de personas de distintas naciones se unan, pacíficamente y sin ningún argumento político, los gobiernos del mundo no sabrán qué hacer. No les quedará otra opción que unirse, hasta que sea instituido un programa de emergencia entre las naciones para terminar con el hambre y las privaciones extremas, de una vez y para siempre.

Los corazones de los jóvenes ya están empezando a embarcarse en la revolución pacífica y creativa que puede provocar el compartir. Podríamos decir que los corazones de la humanidad están lentamente despertando, aunque en realidad lo que está teniendo lugar es una liberación del corazón – una liberación del estrés y los efectos de los ismos y la comercialización. En cuanto a ésta, encuentra muy apropiado que los corazones de la humanidad estén congelados por los condicionamientos mentales. Pero cuando el público esté compartiendo al unísono desde el corazón, cuando millones se estén movilizando en las calles para poner fin al hambre y la pobreza, no habrá dudas de que está teniendo lugar un despertar del corazón en toda la humanidad.

Tal vez entonces ya no veamos una división entre el “activista” y el resto de la sociedad, con el turista pasando, tomando helado, mientras los que protestan se juntan en masa en las plazas de las ciudades. Tal vez entonces, con millones en el mundo llamando a compartir en constantes manifestaciones, innumerables hombres y mujeres que nunca se hayan manifestado antes se involucren también. Tal vez sólo entonces, a través de las muchas personas de buena voluntad que sirven en puestos de autoridad, comenzaremos a ver la disolución de las leyes y las políticas que mantienen la comercialización e impiden el compartir.

La verdadera revolución

Una verdadera revolución no puede estar basada en ideologías o creencias, sino sólo en un reconocimiento de los atributos del corazón fusionados con la razón. Las revoluciones de Medio Oriente durante 2011 fueron instantáneamente reconocidas una por la otra, por ejemplo, y pronto copiadas alrededor del mundo en base al razonamiento del corazón. Y cuando el corazón y la mente son fusionados dentro de un vasto grupo de personas ello puede resultar en una explosión de alegría, como si el alma de cada individuo intentara danzar entre la multitud. Los funcionarios públicos de traje y corbata pueden criticar estos levantamientos espontáneos por carecer de líderes o estructura, pero no comprenden que el corazón se expresa de forma inclusiva y sin estructura por naturaleza.

Aquí es donde podemos observar las agudas diferencias entre la vieja conciencia y la nueva respecto de la visión del mundo. Y es por eso que es imperativo que escuchemos y nos pongamos del lado de las voces de los jóvenes, donde sea que puedan ser encontrados con sus banderas y tiendas durmiendo en medio de las plazas de las ciudades. Una juventud que está pidiendo libertad de todos los ismos que simbolizan el pasado. Una juventud que nace equipada para poder ver a una humanidad libre de ideologías y creencias limitantes, donde la complacencia es transmutada en la correcta acción que es libre del miedo.

Ciertamente una juventud que debería ser considerada una gran aliada del principio del compartir, porque la comercialización odia las mentes no condicionadas que amenazan su dominio sobre la sociedad, mientras que los poderes conservadores en los gobiernos temen a la juventud idealista que amenaza con derribar sus ismos. Podemos pensar que la juventud de hoy es especial o única en la manera en que expresa un nuevo dinamismo y energía, pero recuerden que los jóvenes siempre han sido así – la única diferencia es que ahora ha llegado su hora al estar cayéndose viejas estructuras y lentamente naciendo un nuevo mundo. Éste es el momento definitivo de la historia por el que la juventud ha esperado por muchos cientos de años.

Ahora es la hora de que cada joven se reúna y se manifieste en el mundo, rehusando con determinación a conformarle a una sociedad que no les ofrece voz o siquiera esperanza. Deberían también valerse del artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y reclamar sus estipulaciones como una ley surgida de la voluntad del pueblo. Actualmente esa Declaración sacrosanta yace dormida, y debería ser resucitada al público, al que siempre ha pertenecido. Muy especialmente debería volverse la Declaración de los jóvenes, porque son ellos los que pueden traerla de vuelta a la arena pública del mundo. Cualquier revolución necesita un lema, y las verdaderas revoluciones de hoy deberían adoptar el artículo 25 como su visión y meta omniabarcante.

Corresponde entonces a los gobiernos estructurar las aspiraciones visionarias de la juventud, y llevar esta ley mayor del pueblo a ser ley de naciones. Primero de todo, una voz unificada del público tiene que limpiar todas las fuerzas reaccionarias de los gobiernos, y luego poner en los puestos de poder hombres y mujeres sabios que estén en sintonía con la voz del pueblo, que se estén movilizando en las manifestaciones públicas, que estén hablando en nombre de toda la raza humana. Esta sangre nueva en los gobiernos sabrá precisamente cómo estructurar las demandas de justicia y libertad del público, y asegurar que las aspiraciones visionarias de los jóvenes sean guiadas por el sendero correcto.

Implementando el principio del compartir

En última instancia, podríamos decir que el principio del compartir se implementará en nuestras sociedades a través del sentido común que surge cuando el corazón y la mente son fusionados. Cuando sea abordado el corazón, cuando el sentido común informe nuestras decisiones, entonces el orden y la estructura vendrán como nunca antes se haya visto. Este proceso debe comenzar con un levantamiento en cada país del mundo, con un llamado concertado a compartir desde el público que sea recibido por los líderes gubernamentales, y luego implementado en políticas económicas y sociales desde el nivel más alto hasta abajo. La logística de compartir los recursos del mundo debe comenzar arriba y diseminarse abajo, del nivel de la nación hacia el público, lo que representará el inicio del correcto relacionamiento entre el pueblo y sus gobiernos.

Después de todo, es el Estado el que tiene la llave para los recursos de una nación, incluyendo los miles de millones de dólares que son usurpados por las fuerzas armadas y otras nocivas prioridades de gasto, o los millones de toneladas de alimento continuamente despilfarrada y echada a perder en grandes almacenes. Y un proceso eficaz de compartir económico no puede ser institucionalizado en una base nacional o global si permanece limitado al nivel del público, como a través de acciones comunitarias o esfuerzos de caridad. En este sentido, la implementación del compartir dentro de nuestras sociedades no debería ser confundida con renunciar a las posesiones personales o a la riqueza, que es equivalente a una forma de robo si es impuesta desde arriba por la fuerza a través de medidas del gobierno. Sólo veremos al arte del compartir como un principio económico cuando los gobiernos fundamentalmente reordenen sus distorsionadas prioridades a favor de la mayor necesidad entre sus ciudadanos, y en última instancia cuando compartan los excedentes que su nación produce para beneficio de la humanidad como un todo.

Esto no significa que los gobiernos deben establecer deliberadamente políticas basadas en una singular interpretación del compartir, sino que una distribución más justa de recursos puede lograrse de una multiplicidad de maneras distintas. Una nación puede también comenzar a cooperar con otra en respuesta a crisis financieras o por necesidad económica, pero sin reconocer a la palabra “compartir” en sus políticas gubernamentales. Sin embargo no hay perspectiva de compartir genuinamente los recursos mundiales hasta que cada nación sepa lo que necesita y lo que produce en exceso, y entonces consagre esa comprensión en acuerdos políticos y económicos totalmente reformados a un nivel tanto nacional como internacional. Tarde o temprano, por lo tanto, es previsible un futuro en el que el compartir los recursos tendrá que ser estudiado por líderes electos de una manera deliberada y planeada, y con el pleno respaldo de sus electores.

La sistematización del compartir como un proceso global puede no tener que ver con una noción romántica o sentimental de la generosidad y la buena voluntad mundial, ya que más bien se requiere una enorme tarea logística que demandará el planeamiento y la coordinación de los más experimentados representantes de cada país. Podemos imaginar al principio del compartir como un consejero de confianza a quien cada decisor político debe tener siempre a su lado, con las necesidades de los más pobres y excluidos siempre detrás de cada decisión guiando su pensamiento. A su debido momento, el nuevo orden y estructura generado en diferentes países convocará, paso a paso, a los gobiernos a las Naciones Unidas, para reunirse y debatir soluciones cooperativas a los problemas globales en línea con el principio del compartir, marcando así el inicio de la gobernanza verdaderamente democrática en nombre del bien común de todos.

Correcta distribución

A la luz de los cambios dramáticos que yacen por delante, cualquier persona que perciba al compartir como una respuesta ante las crisis convergentes debería pensar cuidadosamente en el significado de la redistribución. Este término tiene connotaciones muy evasivas y controvertidas, y si es promovido en el contexto erróneo puede alimentar la tensión, el estrés o incluso la violencia. Existe un significado saludable de la redistribución que es resultado del correcto compartir, como redistribuir una tonelada de tomates de una región a otra basados en un sistema de justo y mutuo intercambio. Pero existe otro significado de la redistribución, que concierne a forzar a los ricos en la sociedad a entregar sus posesiones o riquezas personales. Esto es exactamente lo que el comunismo trató de hacer, y puede inevitablemente involucrar un infringimiento del libre albedrío humano.

Si un gobierno realmente quiere compartir los recursos nacionales debería comenzar desmantelando la maquinaria de guerra, o de otro modo las finanzas conseguidas saqueando los cofres de los ricos es más probable que terminen en el presupuesto militar que con los más pobres de la sociedad, por ende apoyando más guerra y reforzando el status quo. ¿Por qué a las personas y corporaciones más ricas no les fueron aplicados impuestos debidamente? ¿Adónde va el dinero una vez que es obtenido de los impuestos, a las necesidades sociales o a perversos subsidios? ¿Y por qué se les dio la posibilidad de amasar tan enormes fortunas, mientras el gobierno jugaba con las fuerzas del mercado y la comercialización?

Fue el sistema el que permitió a los ricos ir tan lejos en enriquecerse, y ahora los discípulos del mismo sistema intentan coercionar a los ricos a redistribuir su riqueza. Es una vieja y divisoria táctica surgida de los modos facciosos del pasado. El comunismo lo intentó, el socialismo lo intentó, y ahora incluso el capitalismo se ha unido al club. Puede complacer a los populistas que echan la culpa a los ricos por todos los problemas de la sociedad, pero nunca traerá una solución a la injusticia social en tanto el mismo sistema esté basado en los intereses del privilegio y la riqueza.

El modo más seguro de provocar una reversión de la extrema desigualdad es que el grueso de la humanidad se manifieste en las calles, incesantemente, día y noche, y con la visión de un mundo unido como demanda: “basta de rescatar a los bancos, basta de austeridad que no termina, basta de intentos fallidos de poner impuestos a los ricos – es hora de rescatar a los pobres para un cambio a través de la transformación social basado en el compartir, la justicia y el sentido común”. Es imperativo que miremos a estos asuntos por nosotros mismos con introspección y auto-apercibimiento, y no definir más nuestras identidades en términos de aquello con lo que estamos en contra, como el capitalismo o los ricos.

De ahí que la implementación del compartir sobre la base de la justicia debe comenzar con una transformación en la conciencia humana liderada por nuestra madurez y razonamiento del corazón. Es ahí cuando emerge en nuestras mentes una nueva comprensión del compartir, que puede cambiar totalmente nuestra actitud hacia la riqueza y la redistribución. Cuando las naciones del mundo actúen colectivamente para terminar con la pobreza en su totalidad, entonces la palabra “redistribución” será  puesta en su debido lugar y comenzará a asumir un significado diferente. Luego podríamos comenzar a pensar en términos de una “justa” o “correcta” distribución, y ya no necesitaremos usar la palabra “razonable” con relación a los acuerdos económicos globales. Son cuestiones semánticas importantes para reflexionar, porque ayudan a intuir lo que el compartir tiene que lograr en su propia y holística visión. La correcta distribución está alineada con las correctas relaciones humanas, pero la redistribución – incluso con el mejor buen intento – sólo puede surgir en la sociedad que está definida por el robo legitimado, la injusticia institucionalizada, y el infringimiento endémico del libre albedrío humano.

Imaginen si hubiera millones de personas manifestándose por compartir a lo largo y ancho del mundo, entonces ni siquiera los ricos tendrían que pensar en “redistribuir” su riqueza. Nadie necesitaría confiscarles su dinero, o coercionarlos a apoyar un programa de emergencia para redistribuir recursos a los pobres famélicos. Una voz unida del mundo, todos juntos por el compartir y la justicia, creará una fuerza tal en la sociedad que personas de todas partes seguirán su tendencia, incluyendo los millonarios. Los acaudalados son buenas personas también, y muchos acudirán voluntariamente ante un momento así y dirán: “aquí está”. Pueden no querer abandonar forzadamente su riqueza, pero pueden ciertamente querer compartirla una vez que sus corazones se fundan con un llamado abrumador del público a acabar con el hambre y la pobreza. Ni siquiera oirán la palabra “redistribución” si están junto a la gente y compartiendo su riqueza en aras de la causa de apoyar la justicia social. Ésa la etapa que tenemos que alcanzar, la que marcará la verdadera revolución que sólo el compartir puede generar.

Por supuesto, la razonable recaudación y redistribución de ingresos fiscales es fundamental para las sociedades justas y democráticas, y cuando los recursos son más equitativamente compartidos no puede haber más tales extremos de pobreza y riqueza. Pero en la creación de tales sociedades debemos respetar al rico tanto como al pobre, incluso si muchos ricos se resisten a los cambios que están sucediendo en el mundo. Puede llevar tiempo, pero esas personas eventualmente serán dejadas atrás por el clamor ensordecedor de la nueva civilización que se funda sobre el principio del compartir.

Estudiando el significado de compartir

A fin de percibir por nosotros mismos la importancia de transformar la sociedad en estas líneas, es claro que debemos pensar cuidadosamente en cómo interpretamos el significado del compartir en términos políticos y económicos. Por ejemplo, la idea de que compartir significa “alimentar al hambriento” es, en realidad, un sinsentido total. ¿Quien dice que es nuestro el alimento para compartirla con el hambriento? Sólo la comercialización, con su astucia diabólica que condiciona nuestras mentes. ¿A qué nos referimos cuando decimos que este alimento nos pertenece, mientras que en algunas partes del mundo no lo hay en absoluto? ¿Cómo conseguimos ese alimento, ante todo, en un mundo con un enorme excedente per capita?

Para ver la moralidad dentro de esta cuestión, tenemos que inquirir en los acuerdos estructurales injustos que han resultado en un mundo asolado por el hambre y las privaciones – la importación de alimento a precios baratos, el declive de la agricultura a pequeña escala, la larga historia de latrocinio y explotación de los pobres, y demás. Si pensamos “éste es mi comida, y estoy compartiéndola con el hambriento”, no se reconoce o resuelve el problema. ¿Cómo podemos permanecer indiferentes cuando se nos dice que hay personas muriendo de hambre en otros países, y pensar luego que la comida en nuestro plato es nuestra por derecho?

Si somos directos y honestos con nosotros mismos, nunca pensaremos que se trata de comida nuestra para compartir. Diremos: “el alimento en el mundo pertenece a todos, por lo tanto quiero que mi gobierno cambie su actitud hacia los pobres a fin de terminar con ello”. El significado de compartir no es “alimentar al hambriento”, sino acabar irrevocablemente con la pobreza a través de la implementación de la justicia. Desafortunadamente, en el mundo dividido de hoy donde alimentar al hambriento es un asunto de responsabilidad internacional surgido de la emergencia, un fin a la pobreza que pone en riesgo la vida sólo puede ser generado por una voz unida de las personas del mundo.

El principio del compartir también tiene un costado duro en su naturaleza que es profundamente alérgico a palabras como caridad, filantropía e incluso altruismo – palabras que se han ajustado a nuestra complacencia colectiva por milenios. En efecto, ¿qué es un filántropo sino un “alguien” con una mente ambiciosa y competitiva que se volvió rico aprendiendo cómo beneficiarse de un sistema explotador e injusto? Porque, ¿cómo hizo ese dinero? Como siempre comienza descubriendo un talento para manipular el sistema, o heredando riqueza que es producto de un sistema basado en la explotación.

¿Cómo sino pueden los ejecutivos de grandes corporaciones recibir millones de dólares de salario, bonus e indemnizaciones por cese, mientras que al ejército de trabajadores que mantienen andando al negocio les es pagado el salario mínimo legal, muchas veces en países de ultramar que no ofrecen beneficio alguno al trabajador? Entonces el filántropo, a fin de expandir su imagen y reputación o salvar su conciencia, decide devolver algo de dinero como caridad. No les pregunta a los trabajadores qué debería hacerse con ese dinero. De hecho, hace dinero a costa de ellos y dona una pequeña parte a sus expensas.

Deberíamos preguntarnos: ¿cómo puede haber tanta oportunidad de hacer miles de millones de dólares a través de la comercialización, cuando cientos de millones de personas están en riesgo de morir de hambre en otras partes del mundo? Siempre vemos a la persona que está haciendo millones empezar a codearse con los políticos, y viceversa, pero nunca vemos al político codeándose con la persona muriendo de hambre.

Compartir como justicia, no como caridad

Si el diccionario tuviera que dar una definición moralmente apropiada de la palabra caridad, diría: “un acto indigno que deriva de la complacencia”. Es indigno porque siempre podemos hacer algo para lograr la justicia, pero debido a nuestra complacencia encontramos más conveniente darle unas migas a los necesitados. Y una vez que damos dinero a causas de caridad, el orden establecido eventualmente nos recompensará en un cuadro de honor y nos dará un título.

Obviamente nadie debería bregar por la abolición de la caridad, que es una necesidad venerable en nuestra sociedad donde millones de personas subsisten en un estado de abyecta pobreza y desesperación. Nuestros corazones son esencialmente benevolentes y caritativos, y es por eso que creemos en hacer donaciones cuando nos enteramos de emergencias humanitarias en países distantes. ¿Pero por qué esas emergencias de proporciones bíblicas se siguen repitiendo una y otra vez, a pesar de todo el conocimiento y el ingenio de la humanidad? Porque somos también complacientes, y a menudo damos sin siquiera pensar en la justicia. No exigimos colectivamente a nuestros gobiernos que detengan de una vez por todas estas evitables emergencias, sin importar su causa.

Cuando damos en caridad sin pensar en la justicia, entonces el acto de donar no tiene que ver con compartir los recursos del mundo. Si el compartir y la caridad fueran personificadas y se encontraran en la calle, el compartir le diría: “¿Quién eres? Me parece que no hemos sido presentados antes”. La existencia misma de la caridad en un mundo de abundancia simboliza la división que existe entre los ricos y los pobres, los que tienen y los que no tienen.

Tengan la certeza de que si los gobiernos implementasen el principio del compartir a una escala global ello significaría el fin de los días del dar caritativo. Hay suficiente alimento en el mundo para alimentar a todos, suficientes recursos para proveer de salud y vivienda a todos, suficiente conocimiento y tecnología para empoderar incluso al país más pobre a cubrir sus necesidades. No importa cuánto de los recursos del mundo compartamos colectivamente con gente viviendo en pobreza abyecta, aún habrá más que suficiente para satisfacer las necesidades básicas de todos. ¿Cómo lograron los países ricos acumular tantos recursos e industria antes que el resto? ¿Cuánto del alimento, combustible, minerales y tierra en el mundo ha sido apropiado de las personas de países menos industrializados? Son preguntas que hay que preguntarse si queremos percibir por nosotros mismos la simple lógica del compartir y la justicia.

El camino del compartir

No deberíamos aceptar las proposiciones de arriba hasta que hayamos investigado completamente y por nosotros mismos el significado y las implicancias del compartir como una solución a los problemas globales. Puede parecer demasiado idealista creer que la clave para la transformación social yace en la buena voluntad masiva de las personas comunes, y que nada cambiará a menos que su poder se vuelva planetario. Podemos volvernos ligeramente más conscientes de la posibilidad de cambiar la situación mundial pensando en nuestra propia complacencia, pero si algo dentro de nosotros no la ha confirmado por completo, entonces tras unos pocos minutos terminamos olvidando rápidamente y volviendo a nuestro viejo condicionamiento.

Estamos tan influenciados por nuestro medio ambiente y bombardeados por los pensamientos de otros que requiere cierto coraje, determinación y perseverancia pensar libremente y conocerse a uno mismo. Todos somos parte del proceso de comercialización, y en última instancia todos somos responsables de su pernicioso condicionamiento sobre nuestras sociedades. Sin embargo, una vez que el camino del compartir esté profundamente confirmado dentro de nosotros, y lo entendamos con rabia, con pasión adentro, entonces moldeará nuestro carácter de un modo tal que nunca seremos engañados de nuevo por la comercialización. El camino del compartir es universal. Tú y Yo, seamos juntos. Compartamos. Es tan simple como eso, y siempre lo será.

Las teorías intelectuales acerca del cambio social no significarán nada a menos que las personas se alcen, desplazando el viejo orden y anunciando el nuevo. Es ahí donde comienza el significado real de nuestras vidas, y donde reside el verdadero poder. Podemos pensar a los poderosos como aquellos que conducen enormes multinacionales, que tienen el capital necesario para arrasar la selva amazónica, que tienen tal control sobre los recursos que pueden disponer de la vida de las personas. Pero en términos espirituales eso no es poder en absoluto, es completamente lo contrario.

El verdadero poder es la unidad y el compartir entre millones de personas, lo cual es unificador, creativo y sanador a escala mundial. A diferencia de los muy ricos que viven sólo para ellos, el poder en un sentido individual es no divisorio y no destructivo, y se distingue más bien por la humildad, la inclusividad, la inofensividad y el desapego. Y desde una perspectiva planetaria o grupal, representa todo lo que genera justicia en una sociedad y equilibrio dentro del ambiente, y le devuelve la energía a la creación tal como es. Cuando todas las naciones se unan y compartan los recursos del mundo, cuando la humanidad genere equilibrio en la conciencia y en la naturaleza – eso es poder en el mayor sentido. Todas las supuestas personas poderosas en nuestra sociedad actual están sostenidas sólo por el comercio, por leyes, por ideologías y creencias. Pero cuando ya no nos inclinemos ante su autoridad y nos reunamos como uno, entonces veremos qué es realmente el poder. Para repetir un eslogan frecuentemente escrito en carteles de protesta: ¿de qué tenemos miedo si ellos son tan pocos, y nosotros tantos?


Mohammed Mesbahi es el fundador de STWR.

Asistencia editorial: Adam Parsons

Traducción: Martín Dieser.

Foto credit: quinn.anya, flickr creative commons

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